sábado, 12 de noviembre de 2016

Cuando hace 30 años me encontré con Ana Botín y lo que hoy ella escribe sobre la Banca





Hace ya algo más de treinta años, coincidí a solas con Ana Botín  --actual Sra. Presidente del  Banco Santander--   en un ascensor de reducidas dimensiones, de una  institución  cerca de la Gran Vía madrileña.

Ambos regresábamos de impartir algunas conferencias, y sobre ello cursó nuestro breve coloquio.

Y ambos nos confesamos hacerlo sin remuneración alguna, excepto  --por mi parte--  el coste de los viajes que pulcramente justificaba, pero que ella, en cambio, también sufragaba de su bolsillo (el mío, siempre pobre, no me lo permitía).

Me pareció una ‘chiquita’  --más joven que nosotros--  ‘muy maja’; y por eso he seguido después siempre atentamente su biografía. Más aún, por cuanto que en su área de trabajo andaba Rodrigo, hermano menor de un compi mío de colegio que, además, era de familia previamente conocida de la nuestra.

Así  --y como curiosa anécdota que me es difícil olvidar--, casi también por entonces me encontré un día con Alicia, hermana de Rodrigo  --y a la que habíamos alcanzado a ver corretear desde muy pequeña--, esperando el bus. Lo recuerdo porque me impresionó que, sincerándose conmigo, me dijese que no sabía bien cómo dar  mejor sentido  a su vida…

Le apunté entonces  --con ¡lo mejor! de mi alma--  los cuatro secretillos que rigen mi vida… Y nos despedimos. Años después supe casualmente, por su familia, que se había ido con la Madre Teresa de Calcuta para ayudar a los pobres… (No he vuelto a saber de ella).

Valga lo anterior como pequeño testimonio de cómo ocupábamos todos nuestro tiempo por aquellas fechas: con ilusión, con altruísmo, con sacrificio.

Por eso he leído ahora, con extrema atención, el artículo de Ana Botín publicado en el diario “El País”, y que reproducimos anejo (bastando con pinchar sobre él, para recuperarlo como fotografía y poder ampliarlo cuanto necesitemos).

Pues bien: me satisface poder decir en esta ocasión, y pese a mi habitual postura hipercrítica (que es bien notoria con sólo echar un vistazo a lo que ha venido apareciendo en este blog), que  ni una sola  palabra o frase he encontrado que no me complazca, incluso, suscribir. Y ello, además, y claro está, desde todos los ámbitos del conocimiento que podamos manejar: es decir, con plena coherencia en todos sentidos.

Sólo resaltaremos, como botón de muestra,  dos ideas  maestras:  el que la mercadotecnia actual ‘prohibe’ la costumbre  --de principios del siglo de pasado--  de ofertar (‘fabricar’)  lo que a mí se me ocurra… Y para luego ingeniármelas de cómo lograr venderlo…

No. Hay que ofertar lo que legítimamente vaya a solicitarse socialmente como necesario.

Y el que esto, además, es ¡mucho más! que cumplir con una  ‘responsabilidad social corporativa’  con la que ganemos prestigio que nos amplíe mercados: es satisfacer el requisito que realmente  ‘legitima’  para recibir  ‘remuneración’:  es decir, para  ‘cobrar’  el  ‘precio justo’.

¡Bien, Ana!  Me alegra que aún conserves el idealismo que teníamos hace ya más de 30 años…


Dr. Prof. (jubilado) en CC. Económicas y Empresariales, y en CC. de la Información
(y otras cosillas más)



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